| Las armas del sexo (supuestamente) débil
El monitor de escenario dio por finalizado el ejercicio. Marta se recobraba del susto mientras que yo, todavía aturdido, me quitaba la careta que me protegía el rosto en mi rol de agresor. Era la segunda vez en mi vida que me hacían escupir un pedazo de diente de un tanganazo en un curso de Protección Personal para Mujeres. sigue |